A todos nos pasa
....El líquido viscoso va resbalando lentamente por la pared interna de vos y se va agolpando abajo. Se suma a sí mismo formando sucias montañas de algo similar a un moho maloliente. Lo sentís caer, derretirse, engordar en tu interior.
....La sustancia pastosa va apilándose en el fondo. Ya cubre todo el recorrido de tus venas. Crece en altura y en densidad mientras vos mirás para otro lado. Tus piernas se hacen pesadas. Cada vez te cuesta más levantar los pies para trasladarte. Ya no podés volar.
....Tu cabeza se ladea, se cae por el peso irrefutable de las ideas que vos mismo creaste. Apoyás el mentón en el pecho para descansar un rato que no termina. Conocés cada una de las baldosas en el camino que va desde el trabajo hasta tu casa. Sabés qué charco esquivar antes de que se forme. Lo que no podés evitar es esa sensación de pesadez de espíritu que va creciendo adentro. Adentro y afuera.
....La sustancia babosa se va adhiriendo a tu cama, a tu casa. Recubre las paredes del cuarto (sobre todo del cuarto) y salir cada vez supone un esfuerzo más grande. No le prestás atención porque su avance es tan lento que se te va haciendo natural.
....Cada mañana te arrastrás sin ganas por el pasillo que da a la cocina para hacer el mate: todo cubierto de pegajosidad asquerosa. No podés separarte de él, de esa mesa, de la silla. No sabés cómo el sillón se cubrió por completo. Podrías pasarte horas dejando correr el tiempo mientras te hundís en esa marea de flema caliente. Empezás a percibir su movimiento suave. Te arrulla. Te dejás estar. Hace tanto que no le ponés ganas que ejercitar el impulso de supervivencia demandaría una energía de la que no sos capaz. El arrullo te duerme. Soñas con grandes paredes de limas. Planicies de rallador que te inciten a correr. Mientras, la sustancia te abriga. Te acaricia. Te canta al oído despacito. Estás tan cómodo que tenés la sensación de que no necesitás moverte. Nunca más.
jueves, 19 de noviembre de 2009
miércoles, 18 de noviembre de 2009
Pupilas abiertas

Seis ojos tristes detienen el tiempo
Toda la piel de chocolate
no podría saciar
el hambre que tragan
Pupilas abiertas
Suplicantes
Nota de época desde la ventana de un micro
La madre se abandona
......................cansada
La suma de las fotos del mundo no la asustan
..................... ................ .......acostumbrada
a desganarse con agobio y apatía
Cenizas de amor total
Finalmente triunfada por el hábito de la resignación
Levanto la vista una vez más
Ahora mil millones de ojos me preguntan
Me juzgan
No tengo respuestas para darle
al hambre........al terror........al genocidio
La cámara tiembla de pena
Los chicos estáticos
La tristeza estática
Siempre igual

Seis ojos tristes detienen el tiempo
Toda la piel de chocolate
no podría saciar
el hambre que tragan
Pupilas abiertas
Suplicantes
Nota de época desde la ventana de un micro
La madre se abandona
......................cansada
La suma de las fotos del mundo no la asustan
..................... ................ .......acostumbrada
a desganarse con agobio y apatía
Cenizas de amor total
Finalmente triunfada por el hábito de la resignación
Levanto la vista una vez más
Ahora mil millones de ojos me preguntan
Me juzgan
No tengo respuestas para darle
al hambre........al terror........al genocidio
La cámara tiembla de pena
Los chicos estáticos
La tristeza estática
Siempre igual
jueves, 5 de noviembre de 2009
3. Alfonso: sus orígenes
....–¿No está tardando mucho la vieja? –preguntó Alfonso a su hermana. Ella se encogió de hombros y pateó una piedra de la calle. Era casi la una de la mañana y estaban por perder el tren. No era la primera vez que la madre los hacía esperar.
....–Vení, Jesi. Vamos a buscar al Negro –dijo Alfonso. Tomó a su hermanita con una mano y empujó el carro lleno con la otra. La estación estaba copada por los cartoneros que esperaban el último tren de la noche. Caminaron un par de cuadras, pero la madre no estaba. El Negro tampoco. Alfonso empezó a considerar tomarse el tren de todas maneras. Si pedía, hasta podría conseguir algunos centavos para la cena. Especialmente con la hermana a cuestas que, cansada y hambrienta, estaba a punto de llorar.
....–Tengo hambre –confirmó la chiquita. Él sacó del bolsillo un pedazo de pan que le sobraba de los que habían conseguido en McDonald´s antes de cerrar. Seguían caminando. Alfonso conocía algunas calles de la zona de Constitución pero cada vez se alejaban más de la estación. Al doblar la esquina, los hermanos se detuvieron en seco. A menos de cinco metros, un tipo grande parado en el umbral de un PH les cerraba el paso.
....–¿Están perdidos, chicos? –preguntó sin dejar caer el cigarrillo de la boca. Alfonso tiró de la mano de su hermana y se preparó a dar la vuelta pero su olfato no pudo ignorar el olor a guiso caliente que salía de adentro de la casa.
....–¿Tienen hambre? Pasen. Hay para vos y tu hermana. –Alfonso permanecía detenido en plena calle. Jésica lo miró como pidiendo permiso. Él pensó en su madre y la insultó brevemente por dejarlos ahí. Reparó en el tipo, que le recordaba al tío Luis: parecía de confiar. Avanzaron.
....–A ver, a ver… ¿alguna monedita para aportar? ¿Estuvieron trabajando? –interrogaba el extraño mientras cerraba la puerta del PH y los empujaba dándoles golpecitos en la espalda y buscando los bolsillos. Los hermanos esquivaron su roce y siguieron hasta el fondo del pasillo.
....–La primera puerta a la izquierda, pibe. Ahí te van a atender.
....La habitación era grande y de techos altos. El olor a guiso provenía de al lado, una cocina improvisada en un cuarto. El aroma se perdía por una ventana chica que daba a un patio. Pero en el galpón principal se mezclaba con un tufo rancio, como a transpiración combinada con orina.
....Los ojos de Jesi y Alfonzo tardaron en acostumbrarse a la oscuridad. Sin pensarlo, dieron un paso atrás. Vieron cuerpos tiritando, no sabían si por el frío o por el llanto. Uno pegado al otro, juntos para mantener el calor. Sucios. Eran chicos como ellos. Seguramente también tenían algún tío a quien les recordaba el tipo de la puerta. O una madre olvidadiza.
....Escucharon que la llave dio una segunda vuelta y trabó la puerta de entrada.
....–¿No está tardando mucho la vieja? –preguntó Alfonso a su hermana. Ella se encogió de hombros y pateó una piedra de la calle. Era casi la una de la mañana y estaban por perder el tren. No era la primera vez que la madre los hacía esperar.
....–Vení, Jesi. Vamos a buscar al Negro –dijo Alfonso. Tomó a su hermanita con una mano y empujó el carro lleno con la otra. La estación estaba copada por los cartoneros que esperaban el último tren de la noche. Caminaron un par de cuadras, pero la madre no estaba. El Negro tampoco. Alfonso empezó a considerar tomarse el tren de todas maneras. Si pedía, hasta podría conseguir algunos centavos para la cena. Especialmente con la hermana a cuestas que, cansada y hambrienta, estaba a punto de llorar.
....–Tengo hambre –confirmó la chiquita. Él sacó del bolsillo un pedazo de pan que le sobraba de los que habían conseguido en McDonald´s antes de cerrar. Seguían caminando. Alfonso conocía algunas calles de la zona de Constitución pero cada vez se alejaban más de la estación. Al doblar la esquina, los hermanos se detuvieron en seco. A menos de cinco metros, un tipo grande parado en el umbral de un PH les cerraba el paso.
....–¿Están perdidos, chicos? –preguntó sin dejar caer el cigarrillo de la boca. Alfonso tiró de la mano de su hermana y se preparó a dar la vuelta pero su olfato no pudo ignorar el olor a guiso caliente que salía de adentro de la casa.
....–¿Tienen hambre? Pasen. Hay para vos y tu hermana. –Alfonso permanecía detenido en plena calle. Jésica lo miró como pidiendo permiso. Él pensó en su madre y la insultó brevemente por dejarlos ahí. Reparó en el tipo, que le recordaba al tío Luis: parecía de confiar. Avanzaron.
....–A ver, a ver… ¿alguna monedita para aportar? ¿Estuvieron trabajando? –interrogaba el extraño mientras cerraba la puerta del PH y los empujaba dándoles golpecitos en la espalda y buscando los bolsillos. Los hermanos esquivaron su roce y siguieron hasta el fondo del pasillo.
....–La primera puerta a la izquierda, pibe. Ahí te van a atender.
....La habitación era grande y de techos altos. El olor a guiso provenía de al lado, una cocina improvisada en un cuarto. El aroma se perdía por una ventana chica que daba a un patio. Pero en el galpón principal se mezclaba con un tufo rancio, como a transpiración combinada con orina.
....Los ojos de Jesi y Alfonzo tardaron en acostumbrarse a la oscuridad. Sin pensarlo, dieron un paso atrás. Vieron cuerpos tiritando, no sabían si por el frío o por el llanto. Uno pegado al otro, juntos para mantener el calor. Sucios. Eran chicos como ellos. Seguramente también tenían algún tío a quien les recordaba el tipo de la puerta. O una madre olvidadiza.
....Escucharon que la llave dio una segunda vuelta y trabó la puerta de entrada.
lunes, 26 de octubre de 2009
Chico material
.....Recuerdo que compartimos una época feliz, mojada. Teníamos un vaso hermoso donde cabía toda el agua del mundo. Amabas mi lluvia, mi saliva, mi sangre y todos mis líquidos vitales.
.....
.....“No tengo más sed”, me dijiste un día. No sólo eso: nunca te había gustado en realidad el agua, necesitabas hundirte en tu desierto personal y no entendías el propósito de ese vaso estúpido. Sin más, lo estrellaste contra el piso sin querer –o con toda tu fuerza, es lo mismo– y no quedaron más que astillas.
.....Te fuiste. Quise seguirte pero el camino estaba lleno de clavos de vidrio que los imanes de mis pies atraían. Te seguí igual: me dolió. “Pero el vaso…”, repetía para mí. “Vos me dijiste que necesitábamos el vaso”, decía. Continuaste tu camino.
.....Me costó un tiempo entender que de seguir por ahí me pincharía y que había otros rumbos en los que probablemente hubiera menos vidrios. Así que volví al lugar del principio y decidí reconstruir el vaso, que era en definitiva lo que necesitaba; no a vos. Eran miles de pedacitos, algunos ya ni los reconocía. Tomé uno y otro pero no encajaban. Me senté. Lloré un rato. Volví a empezar. Si tuviera a alguien para ayudarme sería más fácil, pensé. Y empecé a abrirme a los que se acercaban.
.....Un día vino uno con una escoba. Barrió prolijamente las partes, hizo una pila al costado. Por lo menos ahora podía caminar sin pincharme, pensé al principio. Pero yo no quería alguien que me barriera los pedazos. “Hagamos otro vaso”, me decía. Yo quería armarlo con los vidrios originales, quería ese vaso.
.....Otro día vino uno con un balde enorme de pegamento. Ahora sí, pensé. Llegó el momento. Mirándonos a los ojos empezamos a unir las partes. Nos costó, pero al poco tiempo lo terminamos: era una hermosa y delicada taza de vidrio. No era un vaso. Probé llenándolo con mi agua pero desbordaba por todos lados. Advertiste mi decepción y sugeriste comprar una taza más grande, quizás dos tacitas, pero fui yo la que te dije que no. Ya no tenía sed. No así.
.....Sola, sentada nuevamente al lado de mi montoncito, lloré una vez más. Me resigné a la idea del vaso, de nuestro vaso. Renuncié a todos los vasos del mundo, las tazas, tacitas, tazones, cuencos y hasta esos recipientes que te dan en los restaurantes orientales para tomar el té. Estaba dispuesta a morir de sed o a sobrevivir alimentada por la sal de las lágrimas que seguirían corriendo por lo menos por un tiempo.
.....
.....“Qué haces”, te escuché decir un día cuando mi cabeza todavía estaba hundida entre mis piernas. La levanté para ignorarte con orgullo y lo vi. En tus manos, tan seguro como natural, un vaso de plástico. Blanco. Con pajita.
.....“¿Y eso?”, te pregunté con la mirada. Te encogiste de hombros, esquivaste mis ojos y con una semisonrisa seguiste tu camino, bien calzado y sin añoranzas.
.....Recuerdo que compartimos una época feliz, mojada. Teníamos un vaso hermoso donde cabía toda el agua del mundo. Amabas mi lluvia, mi saliva, mi sangre y todos mis líquidos vitales.
.....
.....Te fuiste. Quise seguirte pero el camino estaba lleno de clavos de vidrio que los imanes de mis pies atraían. Te seguí igual: me dolió. “Pero el vaso…”, repetía para mí. “Vos me dijiste que necesitábamos el vaso”, decía. Continuaste tu camino.
.....Me costó un tiempo entender que de seguir por ahí me pincharía y que había otros rumbos en los que probablemente hubiera menos vidrios. Así que volví al lugar del principio y decidí reconstruir el vaso, que era en definitiva lo que necesitaba; no a vos. Eran miles de pedacitos, algunos ya ni los reconocía. Tomé uno y otro pero no encajaban. Me senté. Lloré un rato. Volví a empezar. Si tuviera a alguien para ayudarme sería más fácil, pensé. Y empecé a abrirme a los que se acercaban.
.....Un día vino uno con una escoba. Barrió prolijamente las partes, hizo una pila al costado. Por lo menos ahora podía caminar sin pincharme, pensé al principio. Pero yo no quería alguien que me barriera los pedazos. “Hagamos otro vaso”, me decía. Yo quería armarlo con los vidrios originales, quería ese vaso.
.....Otro día vino uno con un balde enorme de pegamento. Ahora sí, pensé. Llegó el momento. Mirándonos a los ojos empezamos a unir las partes. Nos costó, pero al poco tiempo lo terminamos: era una hermosa y delicada taza de vidrio. No era un vaso. Probé llenándolo con mi agua pero desbordaba por todos lados. Advertiste mi decepción y sugeriste comprar una taza más grande, quizás dos tacitas, pero fui yo la que te dije que no. Ya no tenía sed. No así.
.....Sola, sentada nuevamente al lado de mi montoncito, lloré una vez más. Me resigné a la idea del vaso, de nuestro vaso. Renuncié a todos los vasos del mundo, las tazas, tacitas, tazones, cuencos y hasta esos recipientes que te dan en los restaurantes orientales para tomar el té. Estaba dispuesta a morir de sed o a sobrevivir alimentada por la sal de las lágrimas que seguirían corriendo por lo menos por un tiempo.
.....
.....“Qué haces”, te escuché decir un día cuando mi cabeza todavía estaba hundida entre mis piernas. La levanté para ignorarte con orgullo y lo vi. En tus manos, tan seguro como natural, un vaso de plástico. Blanco. Con pajita.
.....“¿Y eso?”, te pregunté con la mirada. Te encogiste de hombros, esquivaste mis ojos y con una semisonrisa seguiste tu camino, bien calzado y sin añoranzas.
viernes, 23 de octubre de 2009
2. Alfonso conoce a Osvaldo
.....Al verlo sentado solo en el restaurante pensó: éste está forrado. Se acercó a la mesa y, balbuceando, se tocó la muñeca como quien pregunta la hora en su personaje del sordito. Pero no conocía a Osvaldo. Sin soltar su whisky con hielo, el comensal lo miró y le dijo:
.....—Vení, viejo, sentate, charlamos un rato —y palmeó el individual situado frente a él. Alfonso dudó. Por un momento pensó en rechazar la invitación, pero no comía desde el día anterior. No debía perder esta oportunidad.
.....—¿Qué vas a comer, pibe? —le preguntó el dandy sin prestar demasiada atención a la mirada desconfiada de Alfonso.
.....—Una milanesa. Napolitana.
.....—¿Con papas? —completó Osvaldo con una amplia sonrisa. Alfonso hizo un gesto tímido y se sentó cabizbajo. Entonces Osvaldo continuó:
.....—¿Y qué andás haciendo por acá, viejo?
.....El chico estaba dispuesto a retomar su actuación y ensayar alguna historia que pudiera adaptar al momento pero enseguida el otro se adelantó: —Esta zona es una de las más lindas de Buenos Aires. Se parece al cartier latin de París. Es súper pintoresco: lleno de librerías, de estudiantes, barcitos, restaurantes étnicos…
.....Todo el tiempo Alfonso asentía sin siquiera intentar hacer una intervención. El aceite de la milanesa le chorreaba por la barbilla. Se apuraba por pinchar una papa frita tras otra y llevárselas a la boca para volver a pinchar. Perdido en el arte de llenarse el buche no se dio cuenta de en qué momento Osvaldo empezó a hablar de otro viaje.
.....—Lo que tiene Egipto es la historia, la arquitectura. Vos dirás: Grecia, Roma… Sí, ya sé, pero ver las pirámides, la obra de esa civilización antiquísima. Miles de años antes de Cristo, ¿entendés, pibe? Si podés, no dejés de ir. A esos lugares hay que ir.
.....—¿Puedo pedir postre? —interrumpió bruscamente Alfonso. El viajero pareció alegrarse.
.....—Claro, pibe. ¿Flan con crema?
.....—Con dulce —retrucó Alfonso entusiasmado. Osvaldo llamó al mozo, pidió el postre y preguntó: —¿Vos tenés familia?
.....—No, estoy solo… —empezó a contestar el otro, pero enseguida desistió: Osvaldo había retomado su monólogo: —Ah, la soledad. Es jodido estar solo pero tiene sus cosas. Por ejemplo, si yo no hubiese estado solo en Estambul…
.....La atención de Alfonso volvió al flan con dulce de leche. Se había dado cuenta de que no hacía falta fingir interés. No fue hasta cinco minutos después que lo sorprendió un intervalo de silencio. Alfonso levantó la cabeza.
.....—Se hizo tarde — dijo Osvaldo sin perder la sonrisa.
.....—Claro. No hay que hacer enojar a la señora, ¿no?
.....Casi con los dientes pegados, Osvaldo aclaró: —Es tarde, pibe. Me esperan en el bar.
.....Llamó al mozo, pagó la cuenta y se fue. Alfonso, sin entender demasiado, se paró también, recogió las monedas que había sobre la mesa y dejó el restaurante caminando pesado y pensando: qué injusta que es la vida, hay tipos que tienen suerte, che.
.....Al verlo sentado solo en el restaurante pensó: éste está forrado. Se acercó a la mesa y, balbuceando, se tocó la muñeca como quien pregunta la hora en su personaje del sordito. Pero no conocía a Osvaldo. Sin soltar su whisky con hielo, el comensal lo miró y le dijo:
.....—Vení, viejo, sentate, charlamos un rato —y palmeó el individual situado frente a él. Alfonso dudó. Por un momento pensó en rechazar la invitación, pero no comía desde el día anterior. No debía perder esta oportunidad.
.....—¿Qué vas a comer, pibe? —le preguntó el dandy sin prestar demasiada atención a la mirada desconfiada de Alfonso.
.....—Una milanesa. Napolitana.
.....—¿Con papas? —completó Osvaldo con una amplia sonrisa. Alfonso hizo un gesto tímido y se sentó cabizbajo. Entonces Osvaldo continuó:
.....—¿Y qué andás haciendo por acá, viejo?
.....El chico estaba dispuesto a retomar su actuación y ensayar alguna historia que pudiera adaptar al momento pero enseguida el otro se adelantó: —Esta zona es una de las más lindas de Buenos Aires. Se parece al cartier latin de París. Es súper pintoresco: lleno de librerías, de estudiantes, barcitos, restaurantes étnicos…
.....Todo el tiempo Alfonso asentía sin siquiera intentar hacer una intervención. El aceite de la milanesa le chorreaba por la barbilla. Se apuraba por pinchar una papa frita tras otra y llevárselas a la boca para volver a pinchar. Perdido en el arte de llenarse el buche no se dio cuenta de en qué momento Osvaldo empezó a hablar de otro viaje.
.....—Lo que tiene Egipto es la historia, la arquitectura. Vos dirás: Grecia, Roma… Sí, ya sé, pero ver las pirámides, la obra de esa civilización antiquísima. Miles de años antes de Cristo, ¿entendés, pibe? Si podés, no dejés de ir. A esos lugares hay que ir.
.....—¿Puedo pedir postre? —interrumpió bruscamente Alfonso. El viajero pareció alegrarse.
.....—Claro, pibe. ¿Flan con crema?
.....—Con dulce —retrucó Alfonso entusiasmado. Osvaldo llamó al mozo, pidió el postre y preguntó: —¿Vos tenés familia?
.....—No, estoy solo… —empezó a contestar el otro, pero enseguida desistió: Osvaldo había retomado su monólogo: —Ah, la soledad. Es jodido estar solo pero tiene sus cosas. Por ejemplo, si yo no hubiese estado solo en Estambul…
.....La atención de Alfonso volvió al flan con dulce de leche. Se había dado cuenta de que no hacía falta fingir interés. No fue hasta cinco minutos después que lo sorprendió un intervalo de silencio. Alfonso levantó la cabeza.
.....—Se hizo tarde — dijo Osvaldo sin perder la sonrisa.
.....—Claro. No hay que hacer enojar a la señora, ¿no?
.....Casi con los dientes pegados, Osvaldo aclaró: —Es tarde, pibe. Me esperan en el bar.
.....Llamó al mozo, pagó la cuenta y se fue. Alfonso, sin entender demasiado, se paró también, recogió las monedas que había sobre la mesa y dejó el restaurante caminando pesado y pensando: qué injusta que es la vida, hay tipos que tienen suerte, che.
1. Alfonso, el actor
.....Petisito y barrigón, a susveintidós años aparenta por lo menos treinta. En la esquina le dicen Leche Hervida cuando insulta a algún gringo que no le da un peso para tomar. O a los tipos que van de la mano de una mina grandota, de esas que vienen bien de adelante. O cuando le recuerdan la vez que perdió al truco contra el Piojo a un punto de ganar.
.....Lleva un pulóver azul raído, un pantalón gris que le hace bolsa en la parte trasera y el pelo casi al ras, recto adelante. La mirada esquiva, las manos inquietas. Cuando era más chico, iba cambiando las zapatillas según quién decidiera pasar por la plaza esa noche. Arrastra un pie desde la época cuando pedía monedas en los semáforos y un conductor con poco ejercicio de la paciencia decidió arrancar antes de que él pudiera correrse. Así aprendió a no hacerlo más. Ahora actúa.
.....Tiene unos cuantos personajes pero el que mejor resulta es el del sordito. Se acerca a las mesas de un restaurante y, balbuceando, se señala la muñeca como quien pregunta la hora. Eso le da tiempo para relojear a los desprevenidos. Si son de su tamaño y parecen bonachones, se inclina sobre ellos y con un dedo sucio y retorcido toca todo lo que puede. No hay posibilidad de que se vaya con las manos vacías; un poco por lástima, otro poco por asco. Ya lo decía su madre: “Vago me saliste, Alfonso, ¡como tu padre!”. “¿Vago?”, piensa él, “si con esto de la actuación me rebusco unos buenos mangos, vieja.
.....El olor lo acompaña adonde va. Al principio, cuando por primera vez se dio cuenta de que la gente le escapaba, pensó que era porque es bien morocho y anda por la vida siempre enojado. Pero un día el Piojo se le acercó, lo llamó aparte y le dijo que se bañara. Y para que el Piojo te diga que te bañes es que tenés una baranda que no te aguantás ni vos. Alfonso se calentó y le dijo que “los que se bañan son careta, gato”, pero la realidad es que le tiene idea a los albergues de la ciudad o, mejor dicho, a la gente con la que se encuentra ahí: siempre termina a las piñas.
.....“Te sacan la libertad”, se conforma pensando. Tenés que dormir cuando ellos dicen, comer cuando ellos dicen, vivir cuando ellos dicen. Y al final, ¿para qué? ¿Para pasarse un poco de jabón y comer un guiso frío? Andá…
.....Petisito y barrigón, a susveintidós años aparenta por lo menos treinta. En la esquina le dicen Leche Hervida cuando insulta a algún gringo que no le da un peso para tomar. O a los tipos que van de la mano de una mina grandota, de esas que vienen bien de adelante. O cuando le recuerdan la vez que perdió al truco contra el Piojo a un punto de ganar.
.....Lleva un pulóver azul raído, un pantalón gris que le hace bolsa en la parte trasera y el pelo casi al ras, recto adelante. La mirada esquiva, las manos inquietas. Cuando era más chico, iba cambiando las zapatillas según quién decidiera pasar por la plaza esa noche. Arrastra un pie desde la época cuando pedía monedas en los semáforos y un conductor con poco ejercicio de la paciencia decidió arrancar antes de que él pudiera correrse. Así aprendió a no hacerlo más. Ahora actúa.
.....Tiene unos cuantos personajes pero el que mejor resulta es el del sordito. Se acerca a las mesas de un restaurante y, balbuceando, se señala la muñeca como quien pregunta la hora. Eso le da tiempo para relojear a los desprevenidos. Si son de su tamaño y parecen bonachones, se inclina sobre ellos y con un dedo sucio y retorcido toca todo lo que puede. No hay posibilidad de que se vaya con las manos vacías; un poco por lástima, otro poco por asco. Ya lo decía su madre: “Vago me saliste, Alfonso, ¡como tu padre!”. “¿Vago?”, piensa él, “si con esto de la actuación me rebusco unos buenos mangos, vieja.
.....El olor lo acompaña adonde va. Al principio, cuando por primera vez se dio cuenta de que la gente le escapaba, pensó que era porque es bien morocho y anda por la vida siempre enojado. Pero un día el Piojo se le acercó, lo llamó aparte y le dijo que se bañara. Y para que el Piojo te diga que te bañes es que tenés una baranda que no te aguantás ni vos. Alfonso se calentó y le dijo que “los que se bañan son careta, gato”, pero la realidad es que le tiene idea a los albergues de la ciudad o, mejor dicho, a la gente con la que se encuentra ahí: siempre termina a las piñas.
.....“Te sacan la libertad”, se conforma pensando. Tenés que dormir cuando ellos dicen, comer cuando ellos dicen, vivir cuando ellos dicen. Y al final, ¿para qué? ¿Para pasarse un poco de jabón y comer un guiso frío? Andá…
martes, 6 de octubre de 2009
Jaycee Lee
....Apenas entró en la habitación apartó la cabeza con la súbita necesidad de salir. El día húmedo acentuaba los olores. Para dejar circular el aire trató de abrir la ventana, pero estaba trabada. Era lógico. El tiempo desde que la encontraron no había borrado ni una huella de la escena del crimen.
....“Parece mentira que la casa esté ubicada en este barrio”, pensó e imaginó imposible que ninguno de los vecinos hubiera escuchado los gritos ni los llantos. Se sentó sobre la cama con las sábanas revueltas y levantó cuidadosamente el colchón. Habían pasado días pero todavía parecía tibio. No pudo evitar las imágenes de los continuos abusos, las peleas, los quejidos. Visualizó a Jaycee zafándose de las manos callosas del viejo y lanzándose al armario destartalado en busca de alguna protección ilusoria.
....Le llamó la atención el cuadro en la pared. Supuso a la cautiva aterrada al caer la noche por esa cara de payaso triste. Imaginó que en sus sueños el payaso adquiriría los rasgos del viejo y que el clown/anciano la violaría noche tras noche, día tras día, en sus pesadillas y en la realidad.
....Sobre la cómoda distinguió fotos en blanco y negro de una pareja en la playa. Se acercó para verlas en detalle y comprobó con desagrado que el criminal, retratado en su juventud, era quien le sonreía tomado de la mano de una mujer hermosa con rasgos finos, rubia, delgada. Como Jaycee podría haber sido de no haberlo conocido.
....Se tropezó. La alfombra irregular y gastada hablaba de las caminatas de la víctima que serían una de las pocas actividades que le había permitido su cuarto-prisión. Debajo de la cama, restos de comida y algunos insectos explicaban el olor fuerte que amenazaba la habitación. No quiso darle una explicación a las manchas rojas que la salpicaban.
....Aun con la ventana entreabierta el aire faltaba. Costaba respirar recordando la cara ajada de la chica y sus lágrimas, que eran más un lamento por una existencia perdida que por el sufrimiento vivido. Costaba figurar los primeros días en ese cuarto con sus nueve años y un vestido perfumado por el jabón de su madre. Costaba verla arrancada de su niñez por las continuas vejaciones del viejo lascivo que había hecho de ella su mujer, su muñeca y su animal.
....De golpe, la puerta se cerró.
....Apenas entró en la habitación apartó la cabeza con la súbita necesidad de salir. El día húmedo acentuaba los olores. Para dejar circular el aire trató de abrir la ventana, pero estaba trabada. Era lógico. El tiempo desde que la encontraron no había borrado ni una huella de la escena del crimen.
....“Parece mentira que la casa esté ubicada en este barrio”, pensó e imaginó imposible que ninguno de los vecinos hubiera escuchado los gritos ni los llantos. Se sentó sobre la cama con las sábanas revueltas y levantó cuidadosamente el colchón. Habían pasado días pero todavía parecía tibio. No pudo evitar las imágenes de los continuos abusos, las peleas, los quejidos. Visualizó a Jaycee zafándose de las manos callosas del viejo y lanzándose al armario destartalado en busca de alguna protección ilusoria.
....Le llamó la atención el cuadro en la pared. Supuso a la cautiva aterrada al caer la noche por esa cara de payaso triste. Imaginó que en sus sueños el payaso adquiriría los rasgos del viejo y que el clown/anciano la violaría noche tras noche, día tras día, en sus pesadillas y en la realidad.
....Sobre la cómoda distinguió fotos en blanco y negro de una pareja en la playa. Se acercó para verlas en detalle y comprobó con desagrado que el criminal, retratado en su juventud, era quien le sonreía tomado de la mano de una mujer hermosa con rasgos finos, rubia, delgada. Como Jaycee podría haber sido de no haberlo conocido.
....Se tropezó. La alfombra irregular y gastada hablaba de las caminatas de la víctima que serían una de las pocas actividades que le había permitido su cuarto-prisión. Debajo de la cama, restos de comida y algunos insectos explicaban el olor fuerte que amenazaba la habitación. No quiso darle una explicación a las manchas rojas que la salpicaban.
....Aun con la ventana entreabierta el aire faltaba. Costaba respirar recordando la cara ajada de la chica y sus lágrimas, que eran más un lamento por una existencia perdida que por el sufrimiento vivido. Costaba figurar los primeros días en ese cuarto con sus nueve años y un vestido perfumado por el jabón de su madre. Costaba verla arrancada de su niñez por las continuas vejaciones del viejo lascivo que había hecho de ella su mujer, su muñeca y su animal.
....De golpe, la puerta se cerró.
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